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espido a la criada
amablemente, mientras me adentro en la intimidad de mis aposentos. Me siento frente al espejo contemplando mi
blanca tez, herencia de mi prestigioso linaje, y mis rojos labios que pronto
tendrían dueño.
“Hija mía. Me enorgullezco y me lleno de gracia por la
hermosa mujer en la que te has convertido.
Tan respetuosa y educada. Oh,
hija mía. Tú y Sir Williams son la
pareja más envidiada de la villa y deberías estar agradecida.”
“Lo sé madre. Lo estoy.”
Pronuncié.
Me estremecería saber
que cuando me tocara no sentiría nada; cuando me besara lo esquivaría; cuando
acariciara mi cuerpo desnudo y virgen, cumpliría con un deber, mi deber como mujer. Lo que corresponde. Lo que todos esperan que sea. Un campo verde y fértil, el cual será
cultivado y, mientras mi esposo espere la llegada de los hijos, saciará su
lujuria en los burdeles, creyendo que no lo sabré. Creyendo que mi tierna inocencia me convierte
en una estúpida.
Estoy usando mi blanco
vestido y camino hacia él. Y sí, he
llegado a una conclusión. La vida es un
corsé, el corsé blanco que me estiliza, que me hace estar erguida en esta
pasarela. El que levanta mis senos y me
ata a esto. La vida es un corsé. De diferentes colores y texturas pero siempre
bello por fuera. Hace de la mujer un
objeto hermoso y deseable. Así es la
vida vista por quien no la vive. Bella y
llena de gracia. ¿Pero alguien ha
pensado cómo se sufre con el corsé? Cada
inhalación es toda una proeza. Aprieta
el vientre y asfixia; a veces tanto que puede llegar a matar. Y a mí me está matando. Aquí y ahora.
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