domingo, 10 de noviembre de 2013

Corsé


D
espido a la criada amablemente, mientras me adentro en la intimidad de mis aposentos.  Me siento frente al espejo contemplando mi blanca tez, herencia de mi prestigioso linaje, y mis rojos labios que pronto tendrían dueño.
“Hija mía.  Me enorgullezco y me lleno de gracia por la hermosa mujer en la que te has convertido.  Tan respetuosa y educada.  Oh, hija mía.  Tú y Sir Williams son la pareja más envidiada de la villa y deberías estar agradecida.”
“Lo sé madre.  Lo estoy.”  Pronuncié.
Me recosté.  Al día siguiente, el gorrión sería enjaulado.  Sería el día en que hipócritas amistades darían sus bendiciones; en que con una hipócrita sonrisa caminaría hacia el altar y sellaría con un ordinario beso años de infelicidad.  Sellaría una vida de dependencia y sumisión; de mentiras pesadas como rocas que debería ser capaz de sobrellevar como plumas.
Me estremecería saber que cuando me tocara no sentiría nada; cuando me besara lo esquivaría; cuando acariciara mi cuerpo desnudo y virgen, cumpliría con un deber, mi deber como mujer.  Lo que corresponde.  Lo que todos esperan que sea.  Un campo verde y fértil, el cual será cultivado y, mientras mi esposo espere la llegada de los hijos, saciará su lujuria en los burdeles, creyendo que no lo sabré.  Creyendo que mi tierna inocencia me convierte en una estúpida.
Estoy usando mi blanco vestido y camino hacia él.  Y sí, he llegado a una conclusión.  La vida es un corsé, el corsé blanco que me estiliza, que me hace estar erguida en esta pasarela.  El que levanta mis senos y me ata a esto.  La vida es un corsé.  De diferentes colores y texturas pero siempre bello por fuera.  Hace de la mujer un objeto hermoso y deseable.  Así es la vida vista por quien no la vive.  Bella y llena de gracia.  ¿Pero alguien ha pensado cómo se sufre con el corsé?  Cada inhalación es toda una proeza.  Aprieta el vientre y asfixia; a veces tanto que puede llegar a matar.  Y a mí me está matando.  Aquí y ahora.

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